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Testimonios

Tu historia importa (y puede ser anónima)

Si vives esta situación, contarla ayuda a que se entienda —y a defender los derechos, la dignidad y la inclusión de quienes viven aquí. Tú decides si tu testimonio se publica de forma anónima, y nunca lo compartimos sin tu consentimiento.

Historias como la tuya

Ejemplos ilustrativos de situaciones reales y frecuentes en Oaxaca. No son testimonios de personas identificables: los testimonios reales que nos compartas se publican solo con tu consentimiento y de forma anónima.

Avecindada · 22 años aquí

Llegué cuando me casé. Aquí nacieron mis tres hijos, aquí enterré a mis suegros, aquí he cumplido en cada faena y cooperado para cada fiesta. Pero cuando se elige a quien va a gobernar el municipio, a mí no me toca ni levantar la mano: dicen que soy «avecindada».

Veintidós años viviendo aquí y, a la hora de decidir, soy invisible.

No quiero quitarle nada a nadie ni meterme en la tierra de la comunidad. Solo quiero lo mismo que cualquiera: voz, dignidad y un voto donde está toda mi vida.

Mujer, 48 años · avecindada hace 22 años en un municipio de Oaxaca · historia ilustrativa
Joven · recién cumplió 18

El día que recogí mi credencial sentí que por fin contaba. Quería decidir sobre el pueblo donde crecí y donde me quiero quedar. Me dijeron que, para elegir a la autoridad municipal, yo no entraba.

Mis amigos se han ido yendo, uno por uno, porque aquí su voz no pesa.

Yo me quiero quedar. ¿Pero cómo me arraigo en un lugar que decide todo sin contarme?

Hombre, 19 años · nacido y criado en un municipio de Oaxaca · historia ilustrativa
Comerciante · 15 años aquí

Tengo una tiendita. Pago mi predial, pago el agua, coopero para la obra y saco mis permisos con el municipio como cualquiera. Cuando hay que poner, ahí estoy.

Me cobran como ciudadano y me tratan como visita.

Si sostengo al municipio con mi trabajo, lo justo es tener los mismos derechos: voz y voto sobre quién lo gobierna.

Comerciante, 41 años · vive y trabaja hace 15 años en un municipio de Oaxaca · historia ilustrativa

Lo que nos están contando

Testimonios reales que nos llegaron por el formulario, publicados de forma anónima y con el consentimiento de quien los escribió. Los presentamos con mínimos ajustes de forma, sin cambiar lo que dicen.

A veces son molestias cotidianas —ruido, basura, calles que se sienten inseguras—; otras, golpes mucho más directos. Pero todas cargan el mismo fondo: «me quejo y no pasa nada; siento que mi voz no cuenta». Y ese es justo el punto. Un gobierno responde, sobre todo, a quien lo elige y lo puede remover. Cuando la voz de toda la ciudadanía cuenta —y no solo la de unos cuantos—, escuchar a la mayoría deja de ser opcional.

Testimonio real · anónimo

No entiendo por qué la policía permite fiestas y ruido excesivo frente a un hospital con el argumento de que se celebra un evento deportivo. Si el reglamento existe, debe aplicarse siempre.

Los pacientes no dejan de necesitar descanso porque un equipo ganó un partido.

Tampoco los familiares ni el personal médico. Hay lugares para celebrar; frente a un hospital no debería ser uno de ellos.

El fondo: una regla que se aplica para unos y no para otros es lo que ocurre cuando la autoridad no le rinde cuentas a todos por igual. Si tu voz contara a la hora de elegir y exigir, no podrían ignorarla.

Testimonio recibido en Oaxaca · publicado de forma anónima y con su consentimiento
Testimonio real · anónimo

Hay situaciones que terminan normalizándose hasta que dejamos de cuestionarlas: personas durmiendo en las banquetas, mobiliario público deteriorado, basura acumulada y espacios que poco a poco dejan de ser seguros para familias, turistas y vecinos.

Lo preocupante no es solo que exista el problema, sino la sensación de que nadie está actuando para resolverlo.

Oaxaca merece una respuesta humana para quienes viven en situación vulnerable, pero también una autoridad que cuide los espacios públicos y garantice condiciones dignas para quienes vivimos, trabajamos e invertimos en la ciudad.

El fondo: esa sensación de que «nadie actúa» tiene una raíz. Una autoridad cuida primero aquello que le puede costar el cargo. Cuando toda la ciudadanía pesa —y no solo una parte—, descuidar a la mayoría empieza a costar.

Testimonio recibido en Oaxaca · publicado de forma anónima y con su consentimiento
Testimonio real · anónimo

Mi familia vive en esta comunidad desde hace más de medio siglo. Mi papá compró su terreno con escrituras y, por tres generaciones, nadie lo discutió. Hoy que quisimos venderlo o construir en él, nos dicen que ya no es nuestro porque no tenemos un acta de posesión.

Las mismas autoridades que deberían protegernos se pusieron de acuerdo: por un lado no nos dejan vender (un asunto agrario), por el otro no nos dejan construir (un asunto municipal).

Y cuando uno quiere reclamar, descubre que no tiene dónde: aquí, por ejemplo, se aprobó hace un par de años una regla que deja fuera de la asamblea —donde se eligen las autoridades, municipales y comunales— a quienes llegamos de fuera, a nuestros hijos y a toda nuestra descendencia. Somos la mayoría de quienes vivimos aquí —de hecho, la enorme mayoría de los residentes no somos comuneros—, pero a la hora de decidir contamos como ciudadanos de segunda, o no contamos en absoluto.

El fondo: cuando la autoridad municipal y la de bienes comunales actúan como una sola, y además se decide quién cuenta y quién no tergiversando el régimen comunal y los sistemas normativos indígenas más allá de lo que la Constitución ampara, no hay a quién reclamarle: nadie le rinde cuentas a quien quedó fuera. No es un caso aislado —en Oaxaca es común tener escrituras dentro de tierras comunales o ejidales—, y por eso le puede pasar a cualquiera. Separar lo que es del municipio de lo que es de la comunidad, y que toda la ciudadanía pueda votar, es lo que evita que nuestros derechos y nuestro patrimonio dependan de la voluntad de unos cuantos.

Testimonio recibido en Oaxaca · publicado de forma anónima y con su consentimiento

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